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Retos y oportunidades en la inclusión educativa y
atención a la diversidad en educación básica
Challenges and opportunities in educational inclusion and
addressing diversity in basic education
Maliza-Muñoz, Washington Fernando
1
Vilchez-Ruíz, Marcos Iván
2
https://orcid.org/0000-0003-0970-3450
https://orcid.org/0009-0002-7536-9286
wfmalizam@ube.edu.ec
marcos.vilchez21506704@estu.unan.edu.ni
Ecuador, Guayas, Universidad Bolivariana del
Ecuador.
Nicaragua, Estelí, Universidad Nacional Autónoma
de Nicaragua.
Puyol-Cortez, Jorge Luis
3
Páez-Puente, Erika Gabriela
4
https://orcid.org/0000-0002-0734-694X
https://orcid.org/0009-0002-4051-7357
jorge.puyol@utelvt.edu.ec
erikagabrielapaezp@gmail.com
Ecuador, Esmeraldas, Universidad Técnica Luis
Vargas Torres de Esmeraldas.
Ecuador, Quito, Instituto Superior Tecnológico Blez.
Autor de correspondencia
1
DOI / URL: https://doi.org/10.55813/gaea/revistacec/v2/n2/32
Resumen: La responsabilidad social corporativa ha dejado de
concebirse como una práctica filantrópica periférica para
convertirse en un componente estratégico vinculado con la
competitividad, la legitimidad y la sostenibilidad financiera de las
empresas latinoamericanas. El objetivo del estudio fue analizar la
relación entre las prácticas de responsabilidad social corporativa
y el desempeño financiero empresarial en América Latina,
considerando la diversidad de resultados reportados por la
literatura especializada. La investigación se desarrolló mediante
una revisión bibliográfica exploratoria, de diseño documental, no
experimental y transversal, basada en artículos científicos, libros,
capítulos académicos y reportes institucionales publicados
principalmente entre 2000 y 2025. Los resultados evidencian que
dicha relación es contingente, multidimensional y sensible al
contexto institucional, pues depende de factores como la
materialidad sectorial, la calidad de la divulgación, la gobernanza
corporativa, la holgura financiera, la internacionalización y las
métricas empleadas para medir rentabilidad, valor de mercado o
costo de capital. La discusión muestra que la responsabilidad
social corporativa no garantiza automáticamente mejores
resultados financieros, pero puede generar valor cuando se
integra de forma creíble, verificable y coherente con la estrategia
empresarial. Se concluye que las empresas latinoamericanas
pueden convertir la sostenibilidad en una fuente de resiliencia,
reputación y competitividad si superan enfoques simbólicos y
adoptan modelos responsables, medibles y financieramente
pertinentes.
Palabras clave: responsabilidad social corporativa; desempeño
financiero; sostenibilidad empresarial; empresas
latinoamericanas; gobernanza corporativa.
Artículo Científico
Received: 18/Feb/2025
Accepted: 15/Mar/2025
Published: 20/Abr/2025
Cita: Maliza-Muñoz, W. F., Vilchez-Ruíz, M. I.,
Puyol-Cortez, J. L., & Páez-Puente, E. G.
(2025). Retos y oportunidades en la inclusión
educativa y atención a la diversidad en
educación básica. Revista Científica Enfoques
Del Conocimiento, 2(2), 1-
21. https://doi.org/10.55813/gaea/revistacec/v
2/n2/32
Revista Científica Enfoques del Conocimiento
(RCEC)
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Artículo Científico
AbrilJunio 2025
Abstract:
Corporate social responsibility has moved beyond a peripheral philanthropic practice
to become a strategic component linked to competitiveness, legitimacy, and financial
sustainability among Latin American companies. The objective of this study was to
analyze the relationship between corporate social responsibility practices and
corporate financial performance in Latin America, considering the diversity of findings
reported in the specialized literature. The research was developed through an
exploratory bibliographic review, with a documentary, non-experimental, and cross-
sectional design, based on scientific articles, books, academic chapters, and
institutional reports published mainly between 2000 and 2025. The results show that
this relationship is contingent, multidimensional, and highly sensitive to the institutional
context, since it depends on factors such as sectoral materiality, quality of disclosure,
corporate governance, financial slack, internationalization, and the metrics used to
assess profitability, market value, or cost of capital. The discussion indicates that
corporate social responsibility does not automatically guarantee better financial results;
however, it can generate value when it is credibly, verifiably, and coherently integrated
into business strategy. It is concluded that Latin American companies can transform
sustainability into a source of resilience, reputation, and competitiveness if they move
beyond symbolic approaches and adopt responsible, measurable, and financially
relevant models.
Keywords: corporate social responsibility; financial performance; business
sustainability; Latin American companies; corporate governance.
1. Introducción
El debate sobre los retos y oportunidades de la inclusión educativa en la educación
básica latinoamericana trasciende la matrícula escolar y se sitúa en la capacidad real
de las escuelas para garantizar acceso, participación, aprendizaje y reconocimiento
de la diversidad. En una región atravesada por desigualdades territoriales, lingüísticas,
étnicas, socioeconómicas y funcionales, la unidad de análisis no puede reducirse al
estudiante “con necesidades especiales”, sino que debe comprender las políticas,
culturas y prácticas escolares que habilitan o restringen trayectorias educativas
continuas (Booth & Ainscow, 2011; UNESCO, 2020). La magnitud del desafío se
observa en que América Latina y el Caribe registra cerca de 85 millones de personas
con discapacidad, equivalentes al 14,7 % de la población regional, mientras que
UNICEF estimó alrededor de 19,1 millones de niños, niñas y adolescentes con
discapacidad en la región (UNICEF, 2021; World Bank, 2021). Esta delimitación
resulta crucial porque la educación básica concentra los primeros aprendizajes, la
socialización democrática y la detección temprana de barreras, de modo que la
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exclusión acumulada en estos niveles tiende a reproducirse en la secundaria, el
empleo y la participación social (Ainscow, 2020).
La gravedad del problema se intensifica cuando la diversidad se cruza con pobreza,
ruralidad, pertenencia indígena o afrodescendiente, discapacidad, migración y
brechas digitales, pues estas condiciones no operan de forma aislada sino como
capas acumulativas de desventaja. La crisis de aprendizajes ofrece un indicador
contundente: la pobreza de aprendizaje en América Latina y el Caribe habría
aumentado de 52 % a 79 % tras la pandemia, y cuatro de cada cinco estudiantes de
sexto grado podrían no comprender un texto simple, lo que evidencia una afectación
directa sobre competencias fundacionales (World Bank et al., 2022). A ello se suma
que, en PISA 2022, el 75 % de los estudiantes de 15 años de la región no alcanzó
competencias básicas en matemática y el 55 % no lo hizo en lectura, con riesgos
proyectados de hasta 12 % de pérdida en ingresos de por vida para la generación
escolar afectada (Inter-American Development Bank & World Bank, 2024). No abordar
estas brechas supone ampliar costos sociales, fiscales e institucionales: mayor
rezago, abandono, segregación escolar, informalidad laboral futura y debilitamiento
de la cohesión democrática (UNESCO, UNICEF, & CEPAL, 2022).
La literatura especializada ha avanzado al desplazar la inclusión desde una visión
centrada en la discapacidad hacia enfoques de equidad sistémica, aunque persisten
ambigüedades conceptuales y vacíos empíricos que limitan su traducción en políticas
escolares consistentes (Göransson & Nilholm, 2014; Haug, 2017). En América Latina
y el Caribe, alrededor del 60 % de los países posee alguna definición de educación
inclusiva, pero solo el 64 % de esas definiciones cubre múltiples grupos marginados;
además, aunque el 95 % cuenta con normas referidas a discapacidad, el 42 % aún
contempla entornos separados y apenas el 16 % prevé inclusión plena para
estudiantes con discapacidad (UNESCO, 2020). Esta tensión revela que muchas
investigaciones y políticas siguen midiendo acceso sin examinar suficientemente
participación, apoyos pedagógicos, ajustes razonables, formación docente,
convivencia, currículo intercultural y voz estudiantil (Messiou, 2017). La brecha
importa porque los resultados disponibles son inconsistentes cuando no distinguen
entre integración física, inclusión pedagógica e inclusión institucional, y porque el 57
% de países de la región no hace públicos ciertos datos de encuestas necesarios para
desagregar desigualdades (UNESCO, 2020).
La pertinencia de estudiar la inclusión educativa en educación básica se sustenta, por
tanto, en su conveniencia académica y práctica: permite articular evidencia sobre
barreras, apoyos y oportunidades en el nivel donde se construyen las competencias
que condicionan trayectorias posteriores. Su relevancia social se vincula con la
reducción de desigualdades evitables, mientras que su valor teórico reside en integrar
enfoques de derechos, justicia curricular, interseccionalidad y mejora escolar para
superar diagnósticos fragmentados (Ainscow, 2020; Booth & Ainscow, 2011).
Metodológicamente, el estudio es viable porque existen fuentes regionales
comparables —ERCE, PISA, estadísticas nacionales, reportes de inclusión y
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encuestas escolares— y porque el 78 % de los países latinoamericanos retomó
evaluaciones nacionales entre 2021 y 2023, con registros en primaria en 11 de 18
países analizados y en secundaria en 14 de 18 (Arias Ortiz et al., 2024). Además, el
abordaje puede realizarse con resguardo ético mediante datos agregados,
consentimiento informado cuando se consulte a actores escolares, anonimización y
especial cuidado para no reforzar estigmas sobre estudiantes o comunidades
históricamente excluidas (UNESCO, 2020).
A partir de esta brecha, el propósito del estudio es analizar los retos y oportunidades
de la inclusión educativa y la atención a la diversidad en educación básica
latinoamericana, considerando la relación entre barreras institucionales, prácticas
pedagógicas, recursos de apoyo y condiciones socioculturales de los estudiantes. De
manera articulada, se plantea como objetivo general analizar los factores que
condicionan la inclusión educativa y la atención a la diversidad en educación básica;
y como objetivos específicos, describir las principales barreras institucionales,
pedagógicas y socioculturales que afectan la participación estudiantil, determinar la
relación entre disponibilidad de apoyos escolares y prácticas inclusivas, y comparar
oportunidades de mejora según territorio, tipo de gestión escolar y características de
diversidad presentes en el aula (Ainscow, 2020; Messiou, 2017). La contribución
esperada radica en ofrecer una lectura integradora que no trate la diversidad como
una suma de categorías aisladas, sino como una dinámica escolar situada, medible y
transformable. Su originalidad se ubica en conectar la brecha entre normativas
inclusivas, evidencia estadística y prácticas cotidianas de aula, produciendo
orientaciones útiles para investigación, gestión educativa y formación docente en
contextos de alta desigualdad (Göransson & Nilholm, 2014; UNESCO, 2020).
2. Materiales y métodos
La investigación se desarrolló como una revisión bibliográfica de carácter exploratorio,
orientada a reconocer, organizar e interpretar la producción académica sobre inclusión
educativa y atención a la diversidad en educación básica en América Latina. Este
enfoque resultó pertinente porque el objeto de estudio presenta una alta dispersión
conceptual, normativa y empírica, especialmente cuando se analizan de manera
conjunta las barreras institucionales, las prácticas pedagógicas, los apoyos escolares
y las condiciones socioculturales que inciden en la participación y el aprendizaje del
estudiantado. En consecuencia, la revisión no buscó comprobar hipótesis causales ni
estimar efectos estadísticos, sino mapear tendencias, identificar vacíos de
conocimiento y construir una lectura integradora del campo, coherente con los
propósitos de los estudios exploratorios y de revisión de literatura.
La búsqueda documental se organizó a partir de fuentes académicas, institucionales
y normativas relacionadas con educación inclusiva, diversidad, equidad educativa,
educación básica y América Latina. Se emplearon combinaciones de descriptores en
español e inglés, entre ellos “inclusión educativa”, “educación inclusiva”, “atención a
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la diversidad”, “educación básica”, “equidad educativa”, “barreras para el aprendizaje”,
“inclusive education”, “diversity in education” y “Latin America”. La búsqueda se
delimitó principalmente al periodo 2014–2024, aunque se incorporaron textos teóricos
previos cuando ofrecían fundamentos conceptuales ampliamente reconocidos en el
campo.
Los criterios de inclusión consideraron artículos científicos, libros académicos,
capítulos especializados, informes técnicos y documentos de política educativa que
abordaran explícitamente la inclusión educativa o la atención a la diversidad en
educación básica, con énfasis en países latinoamericanos o en marcos comparativos
aplicables a la región. Se priorizaron publicaciones con acceso al texto completo,
pertinencia temática, claridad metodológica y relación directa con estudiantes,
docentes, escuelas, políticas públicas o prácticas pedagógicas inclusivas. Se
excluyeron documentos centrados exclusivamente en educación superior, estudios
sin relación explícita con inclusión o diversidad, textos de opinión sin sustento
académico, materiales duplicados y publicaciones cuyo contenido no permitiera
identificar aportes conceptuales, empíricos o metodológicos relevantes para el
objetivo del artículo. Esta depuración permitió reducir la heterogeneidad inicial del
corpus y fortalecer la consistencia analítica de la revisión (Ilvis-Vacacela et al., 2025).
El proceso de selección se realizó en fases sucesivas: identificación de registros
mediante palabras clave, revisión de títulos y resúmenes, lectura completa de los
documentos potencialmente pertinentes y clasificación temática de los textos
seleccionados. Durante esta etapa se elaboró una matriz de análisis que incluyó
autoría, año, país o región, tipo de documento, nivel educativo abordado, concepto de
inclusión utilizado, población o dimensión de diversidad considerada, principales
barreras identificadas, oportunidades descritas y aportes para la práctica educativa.
Esta matriz permitió comparar enfoques y reconocer patrones recurrentes, como la
distancia entre política y práctica escolar, la insuficiente formación docente, las
limitaciones de recursos de apoyo, la persistencia de modelos segregadores y la
necesidad de currículos más flexibles e interculturales. La organización sistemática de
la información favoreció una lectura crítica y no meramente descriptiva del corpus
documental.
El análisis de la información se efectuó mediante una estrategia de síntesis narrativa
y categorización temática. Inicialmente, los documentos fueron leídos para identificar
núcleos de sentido relacionados con retos, oportunidades, barreras, apoyos, políticas,
prácticas docentes y condiciones institucionales de la inclusión educativa.
Posteriormente, estos núcleos se agruparon en categorías analíticas que permitieron
articular los hallazgos en torno a tres dimensiones principales: barreras estructurales
y normativas, barreras pedagógicas e institucionales, y oportunidades de
transformación educativa. Esta forma de análisis permitió integrar evidencia
procedente de estudios empíricos, revisiones previas e informes regionales, evitando
reducir la inclusión educativa a una sola población o a una perspectiva exclusivamente
normativa. En ese sentido, la revisión asumió la diversidad como una condición
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transversal del sistema escolar y no como un atributo individual del estudiante
(Sornoza-Delgado, 2025).
Para asegurar rigor en el tratamiento de la información, se aplicaron criterios de
pertinencia, actualidad, coherencia conceptual y trazabilidad documental. Cada fuente
fue valorada según su relación con el problema de investigación, la solidez de sus
argumentos, el tipo de evidencia presentada y su aporte para comprender la inclusión
educativa en educación básica. Asimismo, se contrastaron documentos de distinta
naturaleza para evitar una dependencia excesiva de un solo enfoque disciplinar o
institucional. Las consideraciones éticas se centraron en el uso responsable de la
información, el respeto a la autoría intelectual, la correcta atribución de ideas y la no
manipulación de los planteamientos originales. Al tratarse de una revisión bibliográfica
sin participación directa de personas, no se requirió intervención sobre sujetos
humanos, aunque se mantuvo especial cuidado en no reproducir categorías
deficitarias o estigmatizantes sobre estudiantes y comunidades históricamente
excluidas (Puyol-Cortez et al., 2024).
La metodología adoptada permitió construir una aproximación amplia y crítica al
estado del conocimiento sobre los retos y oportunidades de la inclusión educativa y la
atención a la diversidad en educación básica. Su alcance exploratorio facilitó
identificar consensos, tensiones y vacíos persistentes, especialmente aquellos
vinculados con la débil articulación entre políticas inclusivas, capacidades
institucionales y prácticas pedagógicas situadas. De este modo, el procedimiento
seguido no pretendió agotar la totalidad de la producción científica disponible, sino
ofrecer una base analítica suficientemente organizada para orientar futuras
investigaciones empíricas, comparativas o evaluativas en contextos escolares
latinoamericanos. Esta decisión metodológica resulta coherente con revisiones que
buscan ordenar campos complejos, abrir preguntas de investigación y proponer líneas
de profundización para la toma de decisiones educativas (Gomes-Valle et al., 2025).
3. Resultados
3.1. Retos y oportunidades para fortalecer la inclusión educativa y la atención
a la diversidad en educación básica
La revisión bibliográfica permite sostener que la inclusión educativa en educación
básica no constituye un asunto accesorio de política escolar, sino un problema
estructural vinculado con el modo en que los sistemas educativos distribuyen
reconocimiento, apoyos, expectativas y oportunidades de aprendizaje. En América
Latina y el Caribe, esta discusión adquiere especial densidad porque las
desigualdades económicas, territoriales, lingüísticas, étnico-raciales, migratorias, de
género y discapacidad atraviesan la escolarización desde los primeros años,
generando trayectorias diferenciadas incluso dentro de instituciones formalmente
abiertas a todos. La región concentra cerca de 85 millones de personas con
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discapacidad, equivalentes al 14,7 % de su población, y UNICEF estimó
aproximadamente 19,1 millones de niños, niñas y adolescentes con discapacidad en
América Latina y el Caribe, lo que muestra que la atención a la diversidad no es un
tema marginal, sino una condición ordinaria de la escuela contemporánea (UNICEF,
2021; World Bank, 2021).
Los resultados revisados indican que la inclusión educativa avanza cuando deja de
entenderse como simple incorporación física al aula regular y se asume como una
transformación de culturas, políticas y prácticas escolares. Esta distinción es decisiva
porque la matrícula, por sola, no garantiza participación, aprendizaje ni sentido de
pertenencia; de hecho, una escuela puede admitir a estudiantes diversos y,
simultáneamente, conservar currículos homogéneos, evaluaciones inflexibles, apoyos
periféricos y expectativas diferenciadas según origen social, lengua, discapacidad o
rendimiento previo. Desde esta perspectiva, los retos identificados no proceden de la
diversidad estudiantil, sino de la limitada capacidad institucional para anticiparla,
valorarla y convertirla en criterio de diseño pedagógico, organizativo y comunitario
(Ainscow, 2020; Booth & Ainscow, 2011).
3.1.1. Persistencia de barreras institucionales y normativas
La primera regularidad encontrada es la persistencia de barreras institucionales y
normativas que impiden que la inclusión educativa se traduzca en condiciones
escolares efectivas. Aunque los marcos legales latinoamericanos han incorporado
progresivamente el lenguaje de derechos, equidad y no discriminación, la arquitectura
normativa continúa siendo heterogénea, fragmentada y, en ocasiones, contradictoria.
El informe regional de UNESCO sobre inclusión y educación señala que cerca del 60
% de los países de América Latina y el Caribe posee una definición de educación
inclusiva, pero solo el 64 % de esas definiciones abarca múltiples grupos marginados;
además, aunque el 95 % de los países cuenta con leyes referidas a discapacidad, el
42 % todavía contempla educación en entornos separados y apenas el 16 % establece
educación inclusiva para estudiantes con discapacidad (UNESCO, 2020).
Esta tensión revela que el reconocimiento jurídico del derecho a la educación inclusiva
no siempre desactiva la lógica segregadora que históricamente ha organizado la
atención a la diferencia. En varios sistemas, las normas avanzan en el plano
declarativo, pero conviven con reglamentos ambiguos, dispositivos administrativos
lentos, sistemas paralelos de educación especial y procedimientos de derivación que
desplazan la responsabilidad pedagógica hacia especialistas externos. Por ello, la
barrera institucional no se reduce a la ausencia de leyes, sino que incluye la débil
articulación entre ministerios, niveles de gobierno, escuelas, familias y servicios de
apoyo, así como la insuficiente conversión de los principios inclusivos en
presupuestos, indicadores, responsabilidades y mecanismos de seguimiento (Slee,
2011; UNESCO, 2020).
La oportunidad derivada de este hallazgo consiste en pasar de una normatividad
acumulativa a una gobernanza inclusiva coherente. Esto implica revisar leyes, planes
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sectoriales, protocolos de identificación de barreras, criterios de asignación de
recursos y sistemas de rendición de cuentas para evitar que la inclusión dependa de
la discrecionalidad institucional o de la iniciativa aislada de ciertos docentes. Una
política inclusiva robusta debe establecer estándares verificables sobre accesibilidad,
ajustes razonables, apoyos multinivel, participación familiar, transición entre niveles
educativos y protección frente a la discriminación, de modo que el derecho a aprender
no se diluya en formulaciones generales de buena intención (UNESCO, 2020; World
Bank, 2021).
3.1.2. Insuficiente formación docente para atender la diversidad
El segundo resultado muestra que la formación docente continúa siendo uno de los
principales cuellos de botella para la inclusión educativa en educación básica. La
literatura coincide en que el profesorado suele expresar adhesión normativa o ética a
la inclusión, pero enfrenta dificultades para convertirla en decisiones didácticas
concretas: planificación flexible, diversificación de materiales, evaluación formativa,
gestión de apoyos, mediación de conflictos, trabajo colaborativo y reconocimiento de
identidades culturales o lingüísticas. En América Latina y el Caribe, el 21 % de
docentes de primaria no posee título docente, y entre quienes lo tienen cerca del 40
% se graduó en programas semipresenciales o a distancia; además, más de la mitad
del profesorado de Brasil, Colombia y México reportó alta necesidad de desarrollo
profesional para enseñar a estudiantes con necesidades educativas especiales
(UNESCO, 2020).
La insuficiencia formativa no debe leerse como déficit individual del docente, sino
como síntoma de programas iniciales y continuos que todavía tratan la diversidad
como contenido periférico, curso aislado o asunto de especialistas. La revisión crítica
de Waitoller y Artiles mostró que buena parte de la investigación sobre desarrollo
profesional para educación inclusiva ha utilizado enfoques unitarios sobre diferencia
y exclusión, subteorizando el aprendizaje docente y prestando poca atención a cómo
las prácticas profesionales se producen en contextos socioculturales específicos. En
consecuencia, capacitar en inclusión no puede equivaler a enseñar listados de
diagnósticos o técnicas compensatorias; exige formar capacidades reflexivas,
colaborativas y situadas para rediseñar la enseñanza ante aulas inevitablemente
heterogéneas (Waitoller & Artiles, 2013).
La oportunidad más relevante consiste en reconfigurar la formación docente como un
proceso de aprendizaje profesional continuo, situado en la escuela y sostenido por
comunidades de práctica. Los estudios sobre pedagogía inclusiva sugieren que el
profesorado requiere oportunidades para observar aulas, analizar evidencias de
participación, codiseñar estrategias, revisar sesgos, dialogar con familias y construir
respuestas comunes sin etiquetar a ciertos estudiantes como “problemas” del aula.
Esta orientación resulta coherente con la propuesta de ampliar lo disponible para
todos, en lugar de diferenciar solo para algunos, porque desplaza el centro de la
intervención desde el estudiante considerado deficitario hacia el diseño pedagógico
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que puede producir o reducir barreras (Florian & Black-Hawkins, 2011; Waitoller &
Artiles, 2013).
3.1.3. Brecha entre discurso inclusivo y práctica pedagógica
El tercer hallazgo se refiere a la brecha entre el discurso inclusivo y la práctica
pedagógica cotidiana. La literatura muestra que el concepto de inclusión posee una
marcada polisemia: puede significar ubicación de estudiantes con discapacidad en
aulas regulares, atención a necesidades académicas o sociales de ciertos grupos,
respuesta a las necesidades de todos los estudiantes o construcción de comunidades
escolares democráticas. Esta diversidad conceptual no es meramente terminológica,
pues produce formas distintas de organizar la enseñanza, distribuir apoyos y evaluar
el éxito escolar; por ello, Göransson y Nilholm concluyeron que la investigación
necesita definir con mayor precisión qué entiende por inclusión y desarrollar estudios
capaces de identificar factores que generen procesos inclusivos verificables
(Göransson & Nilholm, 2014).
La distancia entre discurso y práctica se observa cuando la inclusión aparece en
proyectos educativos institucionales, planes ministeriales o documentos curriculares,
pero no modifica la estructura real de la clase. En esos casos, la escuela puede
mantener agrupamientos rígidos, expectativas bajas hacia estudiantes pobres,
indígenas, migrantes o con discapacidad, evaluaciones estandarizadas sin apoyos,
materiales monoculturales y metodologías centradas en un estudiante abstracto que
no corresponde con la diversidad real del aula. Haug advierte que la inclusión oscila
entre ideales normativos ampliamente aceptados y realidades institucionales
desiguales, por lo que el problema no es solo declarar el valor de la inclusión, sino
construir condiciones para que esta reorganice la experiencia escolar ordinaria (Haug,
2017).
La magnitud de la brecha pedagógica se vuelve más visible al observar la crisis
regional de aprendizajes. El Banco Mundial estimó que la pobreza de aprendizaje en
América Latina y el Caribe pudo aumentar de 52 % a 79 % tras los cierres escolares
asociados con la pandemia, mientras que los resultados de PISA 2022 indicaron que
tres de cada cuatro estudiantes de la región son de bajo desempeño en matemática y
que aproximadamente la mitad carece de habilidades lectoras básicas. Estos datos
no describen únicamente rezagos cognitivos, sino la incapacidad de los sistemas
escolares para sostener trayectorias de aprendizaje en condiciones de desigualdad,
lo que conecta la inclusión con la calidad educativa y no solo con la presencia física
en la escuela (Arias Ortiz et al., 2023; World Bank et al., 2022).
La oportunidad asociada a este punto radica en convertir la inclusión en criterio de
planificación pedagógica y evaluación institucional. Esto supone diversificar rutas de
acceso al contenido, incorporar evaluación formativa, flexibilizar tiempos y evidencias
de aprendizaje, reconocer repertorios lingüísticos y culturales, promover tutorías entre
pares, utilizar tecnologías accesibles y habilitar la voz estudiantil para identificar
barreras invisibles. En lugar de añadir apoyos tardíos cuando el fracaso ya se produjo,
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la escuela inclusiva debe anticipar la variabilidad humana como punto de partida del
currículo, de la gestión de aula y de la convivencia escolar (Ainscow, 2020; Florian &
Black-Hawkins, 2011).
3.1.4. Limitaciones en recursos, apoyos y condiciones escolares
El cuarto resultado evidencia que la inclusión educativa se debilita cuando las
escuelas carecen de recursos materiales, apoyos especializados, infraestructura
accesible, tecnologías de asistencia, conectividad, tiempo institucional y equipos de
orientación suficientes. La UNESCO advierte que los sistemas educativos
latinoamericanos enfrentan problemas de financiamiento focalizado, gobernanza
descoordinada, infraestructura inadecuada, persistencia de sistemas paralelos y
ausencia de datos sobre quienes están excluidos o en riesgo de exclusión. En este
sentido, la inclusión no puede descansar exclusivamente en la disposición ética del
profesorado, porque requiere condiciones organizativas y presupuestarias capaces de
sostener respuestas pedagógicas diferenciadas sin producir nuevas segregaciones
(UNESCO, 2020).
La disponibilidad de datos constituye una condición particularmente crítica para
distribuir recursos de manera justa. El informe regional de UNESCO señala que el 57
% de los países de América Latina y el Caribe, principalmente del Caribe y
representando el 13 % de la población regional, no hace públicos datos de encuestas
necesarios para desagregar indicadores educativos por características individuales;
además, nueve sistemas de información educativa no recopilan datos sobre niños y
niñas con discapacidad. Esta invisibilidad estadística dificulta estimar necesidades,
diseñar apoyos, monitorear trayectorias y evaluar si las políticas inclusivas reducen
efectivamente brechas de participación y aprendizaje (UNESCO, 2020).
Las limitaciones materiales también se expresan en la brecha digital, acentuada
durante la pandemia. En 2017, solo el 52 % de los hogares de la región tenía internet
y el 45 % contaba con computadora, lo que afectó con mayor fuerza a estudiantes
pobres, rurales, indígenas, migrantes o con discapacidad cuando la continuidad
pedagógica dependió de medios digitales. Esta evidencia permite interpretar la
inclusión como una cuestión de justicia distributiva: sin conectividad, dispositivos,
materiales accesibles, apoyos lingüísticos, transporte, alimentación escolar y
condiciones edilicias adecuadas, la promesa de igualdad de oportunidades queda
reducida a una abstracción normativa (UNESCO, 2020).
La oportunidad consiste en diseñar esquemas de financiamiento y apoyo basados en
necesidades, no en repartos uniformes que tratan por igual a escuelas desiguales. La
experiencia regional muestra que algunos países han desarrollado mecanismos de
focalización, transferencias condicionadas, incentivos para docentes en zonas
remotas y asignaciones diferenciadas para estudiantes rurales o en situación de
vulnerabilidad; no obstante, estas medidas requieren integrarse con apoyos
pedagógicos y no operar solo como compensación económica. Una política inclusiva
sostenible debe combinar inversión en infraestructura accesible, recursos humanos
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especializados, tecnologías de apoyo, sistemas de alerta temprana, acompañamiento
territorial y evaluación de resultados desde una perspectiva de equidad (UNESCO,
2020; World Bank, 2021).
3.1.5. Necesidad de enfoques interseccionales y contextualizados
El quinto hallazgo revela la necesidad de abandonar aproximaciones
unidimensionales a la diversidad. Muchas políticas y estudios siguen analizando por
separado discapacidad, pobreza, ruralidad, lengua, género, migración, pertenencia
indígena o afrodescendencia, como si cada variable generara barreras independientes
y fácilmente aislables. Sin embargo, el enfoque interseccional permite comprender
que las desigualdades se entrelazan y producen experiencias escolares específicas;
por ejemplo, no enfrenta las mismas barreras un estudiante urbano con discapacidad
que una niña indígena con discapacidad en una comunidad rural con escasa
conectividad, limitado acceso a servicios de apoyo y currículo poco sensible a su
lengua materna (Bešić, 2020; Crenshaw, 1989).
La pertinencia de esta mirada se confirma en los datos regionales. UNESCO señala
que, en América Latina y el Caribe, los estudiantes de 12 a 17 años con discapacidad
asisten a la escuela en promedio 10 puntos porcentuales menos que sus pares sin
discapacidad; también reporta brechas de asistencia entre hablantes de lenguas
indígenas, población afrodescendiente y estudiantes afectados por estigmatización o
violencia escolar. Además, en tercer grado, los estudiantes que hablaban en casa la
lengua mayoritaria del país tenían tres veces más probabilidades de leer con
comprensión que quienes no la hablaban, lo que evidencia cómo lengua, territorio y
capital escolar familiar inciden en el aprendizaje desde los primeros ciclos (UNESCO,
2020).
El valor analítico de la interseccionalidad radica en que impide convertir la inclusión
en un inventario de grupos vulnerables y obliga a estudiar relaciones entre condiciones
sociales, estructuras escolares y prácticas pedagógicas. Bešić sostiene que la
educación inclusiva debe ampliar su comprensión más allá de la discapacidad y
adoptar lentes capaces de identificar la interacción de múltiples factores que producen
procesos discriminatorios en la escuela. Esta perspectiva no niega la importancia de
apoyos específicos para ciertos estudiantes, pero advierte que dichos apoyos serán
insuficientes si no se examinan simultáneamente racismo, pobreza, sexismo,
capacitismo, adultocentrismo, colonialidad lingüística y desigualdad territorial (Bešić,
2020; Waitoller & Artiles, 2013).
La oportunidad metodológica e institucional consiste en producir diagnósticos
contextualizados y éticamente responsables. Ello exige recopilar datos desagregados
sin estigmatizar, incorporar la voz de estudiantes y familias, reconocer saberes
comunitarios, mapear barreras dentro y fuera de la escuela, y comparar trayectorias
según combinaciones de variables relevantes para cada territorio. Una educación
básica inclusiva no puede diseñarse desde modelos universales abstractos; requiere
políticas sensibles al contexto, currículos culturalmente pertinentes y apoyos flexibles
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que reconozcan que la diversidad no es una excepción, sino el punto de partida de
cualquier proyecto democrático de escolarización (Booth & Ainscow, 2011; UNESCO,
2020).
3.1.6. Oportunidades para la innovación pedagógica e institucional
El sexto resultado permite desplazar la discusión desde el diagnóstico de carencias
hacia la identificación de oportunidades de innovación pedagógica e institucional. El
Diseño Universal para el Aprendizaje constituye una vía relevante porque propone
anticipar la variabilidad del estudiantado y ofrecer múltiples formas de implicación,
representación, acción y expresión, evitando que la enseñanza se diseñe para un
estudiante promedio inexistente. Las directrices UDL 3.0 de CAST plantean que el
marco puede aplicarse en cualquier disciplina o dominio para asegurar que todos los
aprendices accedan y participen en oportunidades de aprendizaje significativas y
desafiantes; además, su actualización de 2024 enfatiza barreras asociadas con
sesgos y sistemas de exclusión (CAST, 2024).
La innovación pedagógica inclusiva también se fortalece cuando la escuela sustituye
la gica de “adaptar para algunos” por la de “ampliar lo disponible para todos”. Florian
y Black-Hawkins mostraron que la pedagogía inclusiva se distancia de los enfoques
centrados exclusivamente en necesidades adicionales y privilegia prácticas que
extienden las oportunidades de aprendizaje al conjunto del grupo. Esta perspectiva
evita que la diferencia se convierta en marca de déficit y permite diseñar experiencias
didácticas con distintos niveles de acceso, complejidad, colaboración y expresión,
preservando altas expectativas para todo el estudiantado (Florian & Black-Hawkins,
2011).
En el plano institucional, el Index for Inclusion ofrece una oportunidad de mejora
escolar porque organiza la inclusión en torno a tres dimensiones interdependientes:
culturas, políticas y prácticas. Este instrumento propone que las escuelas analicen sus
propias barreras para el aprendizaje y la participación, definan prioridades de cambio,
involucren a la comunidad educativa y evalúen sus avances de manera continua. Su
aporte central consiste en desplazar la inclusión desde programas remediales hacia
procesos de autoevaluación institucional, donde la diferencia se comprende como
recurso para aprender y no como anomalía que debe corregirse (Booth & Ainscow,
2011).
Las oportunidades de innovación, sin embargo, requieren liderazgo escolar
distribuido, colaboración docente, participación familiar y condiciones laborales que
permitan sostener cambios más allá de experiencias aisladas. UNESCO recomienda
ampliar la comprensión de la educación inclusiva, focalizar financiamiento en quienes
han quedado atrás, compartir recursos y experticia, consultar de manera significativa
a comunidades, aplicar diseño universal, preparar al personal educativo y recopilar
datos con respeto para evitar etiquetamientos estigmatizantes. Estas orientaciones
muestran que la innovación inclusiva no equivale únicamente a introducir tecnología
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o nuevas metodologías, sino a reorganizar la escuela como una comunidad capaz de
identificar y remover barreras de manera permanente (UNESCO, 2020).
En síntesis, la revisión ampliada muestra que los retos de la inclusión educativa en
educación básica latinoamericana se concentran en seis planos articulados:
normativas que todavía admiten respuestas segregadas, formación docente
insuficiente, distancia entre discurso y práctica, escasez de apoyos y datos, falta de
enfoques interseccionales y necesidad de innovación pedagógica sostenida. La
contribución analítica de este resultado consiste en mostrar que tales retos no son
independientes, pues una norma ambigua afecta la asignación de recursos, la
escasez de recursos limita la práctica docente, la formación fragmentada debilita el
currículo inclusivo y la ausencia de datos invisibiliza a quienes deberían orientar la
política. Por ello, fortalecer la inclusión exige una estrategia sistémica que combine
justicia normativa, financiamiento focalizado, desarrollo profesional docente,
pedagogías flexibles, participación comunitaria y evaluación permanente de barreras
(Ainscow, 2020; Göransson & Nilholm, 2014; UNESCO, 2020).
4. Discusión
Realiza La discusión de los resultados permite sostener que los retos de la inclusión
educativa en educación básica no derivan de la diversidad estudiantil en misma,
sino de la persistencia de sistemas escolares diseñados bajo supuestos de
homogeneidad, normalidad y rendimiento estandarizado. En este sentido, la inclusión
no puede interpretarse como una estrategia compensatoria dirigida únicamente a
estudiantes con discapacidad o a grupos “vulnerables”, sino como una reconfiguración
profunda de las culturas, políticas y prácticas que organizan la vida escolar. Esta
lectura coincide con Ainscow (2020), quien plantea que la inclusión y la equidad
requieren identificar y remover barreras en el conjunto del sistema, y con Booth y
Ainscow (2011), quienes entienden la inclusión como un proceso permanente de
ampliación de la participación y reducción de la exclusión. En América Latina y el
Caribe, esta discusión adquiere una densidad particular porque la región concentra
desigualdades históricas asociadas con pobreza, ruralidad, lengua, etnicidad,
migración, género y discapacidad, lo cual impide pensar la atención a la diversidad
como un componente periférico del currículo escolar (UNESCO, 2020).
Los resultados también muestran que la expansión normativa de la inclusión no ha
sido suficiente para garantizar transformaciones pedagógicas equivalentes. Aunque
los países de la región han incorporado progresivamente el lenguaje de derechos, no
discriminación y equidad, la evidencia revela que persisten marcos regulatorios
fragmentados, sistemas paralelos de educación especial y definiciones restringidas
de educación inclusiva. UNESCO (2020) documentó que cerca del 60 % de los países
de América Latina y el Caribe cuenta con alguna definición de educación inclusiva,
pero solo el 64 % de esas definiciones contempla múltiples grupos marginados;
además, aunque el 95 % posee normas vinculadas con discapacidad, el 42 % todavía
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mantiene posibilidades de escolarización en entornos separados y apenas el 16 %
establece inclusión plena para estudiantes con discapacidad. Esta contradicción
confirma la advertencia de Slee (2011): cuando los sistemas continúan pensando en
términos de escuela “regular” y escuela “especial”, la inclusión queda atrapada en una
racionalidad institucional que administra diferencias sin transformar las condiciones
que producen exclusión.
La insuficiente formación docente constituye otro eje crítico de la discusión, porque
las políticas inclusivas se materializan —o se vacían— en las decisiones ordinarias
del aula. Los hallazgos sugieren que el profesorado suele asumir discursivamente el
valor de la inclusión, pero no siempre dispone de herramientas para diversificar la
enseñanza, ajustar la evaluación, trabajar colaborativamente, interpretar barreras
contextuales o sostener altas expectativas para estudiantes con trayectorias
heterogéneas. Esta tensión coincide con Waitoller y Artiles (2013), quienes advierten
que la investigación sobre desarrollo profesional para educación inclusiva ha tendido
a subteorizar el aprendizaje docente y a tratar la diferencia desde enfoques unitarios,
con escasa atención a las condiciones socioculturales que configuran la práctica. Por
ello, la formación docente no debería reducirse a cursos sobre diagnósticos o
adaptaciones individuales, sino orientarse hacia procesos situados de reflexión
pedagógica, codiseño curricular, análisis de evidencias de participación y construcción
colectiva de apoyos (Florian & Black-Hawkins, 2011; Waitoller & Artiles, 2013).
La brecha entre discurso inclusivo y práctica pedagógica aparece, por tanto, como una
consecuencia de la ambigüedad conceptual y de la débil institucionalización de la
inclusión en la vida escolar. Göransson y Nilholm (2014) demostraron que la
investigación sobre inclusión educativa utiliza definiciones muy diversas, desde la
mera ubicación de estudiantes en aulas ordinarias hasta la construcción de
comunidades escolares democráticas, lo cual dificulta comparar resultados y valorar
avances reales. Haug (2017) profundiza esta tensión al señalar que la inclusión oscila
entre ideales ampliamente aceptados y realidades escolares desiguales, donde los
dispositivos tradicionales de agrupamiento, evaluación y selección continúan
operando bajo lógicas excluyentes. En consecuencia, una escuela puede declararse
inclusiva y, al mismo tiempo, mantener prácticas que producen segregación simbólica:
bajas expectativas, currículos monoculturales, evaluaciones inflexibles, apoyos
tardíos y decisiones pedagógicas centradas en un estudiante promedio que no existe
en las aulas reales (Göransson & Nilholm, 2014; Haug, 2017).
La discusión adquiere mayor gravedad cuando se vincula la inclusión con la crisis
regional de aprendizajes. Los datos de PISA 2022 muestran que tres de cada cuatro
estudiantes latinoamericanos presentan bajo desempeño en matemática y que
aproximadamente la mitad carece de competencias lectoras básicas, mientras que los
reportes sobre pobreza de aprendizaje advierten un deterioro significativo de las
habilidades fundamentales tras la pandemia (Arias Ortiz et al., 2023; World Bank et
al., 2022). Estos indicadores no deben interpretarse únicamente como evidencia de
rezago académico, sino como síntomas de sistemas educativos que no logran
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sostener trayectorias de aprendizaje en contextos de desigualdad acumulada. Desde
esta perspectiva, la inclusión no se opone a la calidad educativa; por el contrario,
constituye una condición de posibilidad para alcanzarla, porque ningún sistema puede
considerarse eficaz si sus resultados dependen de seleccionar, desplazar o
invisibilizar a quienes requieren mayores apoyos (Ainscow, 2020; UNESCO, 2020).
Las limitaciones en recursos, apoyos y condiciones escolares refuerzan esta
interpretación, pues la inclusión requiere una infraestructura material y organizativa
que excede la voluntad individual del docente. La ausencia de tecnologías de apoyo,
materiales accesibles, conectividad, equipos interdisciplinarios, tiempo institucional
para la colaboración, transporte, alimentación escolar e infraestructura adecuada
restringe la posibilidad de convertir los principios inclusivos en experiencias concretas
de aprendizaje. Esta discusión resulta especialmente relevante si se considera que el
Banco Mundial estimó cerca de 85 millones de personas con discapacidad en América
Latina y el Caribe, equivalentes al 14,7 % de la población regional, y que UNICEF
identificó alrededor de 19,1 millones de niños, niñas y adolescentes con discapacidad
en la región (UNICEF, 2021; World Bank, 2021). Tales cifras muestran que la
accesibilidad y los apoyos no son gastos excepcionales, sino condiciones
estructurales de justicia educativa y sostenibilidad institucional.
La necesidad de enfoques interseccionales emerge como una de las contribuciones
analíticas más importantes del estudio, porque permite superar lecturas fragmentadas
de la diversidad. La revisión muestra que discapacidad, pobreza, ruralidad, lengua,
pertenencia indígena o afrodescendiente, migración y género suelen analizarse como
categorías separadas, cuando en la experiencia escolar operan de manera simultánea
y producen formas específicas de desventaja. Bešić (2020) sostiene que la
interseccionalidad puede ampliar la comprensión de la educación inclusiva al
desplazarla más allá de un enfoque restringido a la discapacidad, mientras que
Crenshaw (1989) mostró que las estructuras de discriminación no actúan de forma
aislada, sino mediante cruces que generan experiencias cualitativamente distintas. En
educación básica latinoamericana, esta perspectiva es indispensable para evitar
soluciones universales abstractas y diseñar respuestas contextualizadas que
reconozcan cómo territorio, lengua, cultura, discapacidad, género y nivel
socioeconómico configuran oportunidades desiguales de participación y aprendizaje
(Bešić, 2020; Crenshaw, 1989).
Las oportunidades de innovación pedagógica e institucional permiten matizar una
lectura exclusivamente deficitaria del campo. El Diseño Universal para el Aprendizaje
ofrece una vía potente porque propone anticipar la variabilidad del estudiantado
mediante múltiples formas de implicación, representación, acción y expresión, en lugar
de realizar adaptaciones tardías cuando las barreras ya han producido exclusión.
CAST (2024) define sus directrices como una herramienta aplicable a distintos
dominios para asegurar que todo el estudiantado acceda y participe en oportunidades
de aprendizaje significativas y desafiantes; además, la versión 3.0 enfatiza la
necesidad de atender barreras asociadas con sesgos y sistemas de exclusión. En
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consonancia, Florian y Black-Hawkins (2011) plantean que la pedagogía inclusiva no
consiste en diseñar respuestas especiales para algunos estudiantes, sino en ampliar
lo disponible para todos, preservando altas expectativas y evitando que la diferencia
sea tratada como déficit.
No obstante, la innovación inclusiva solo puede consolidarse si se articula con una
transformación institucional más amplia. El Index for Inclusion propone revisar de
manera integrada culturas, políticas y prácticas escolares, lo que permite comprender
que la inclusión no depende únicamente de estrategias didácticas, sino de la forma en
que la escuela distribuye autoridad, recursos, participación y reconocimiento (Booth &
Ainscow, 2011). Esta perspectiva dialoga con Ainscow (2020), para quien las escuelas
inclusivas aprenden a partir de sus propias barreras mediante liderazgo colaborativo,
uso de evidencias y trabajo en red. En consecuencia, las oportunidades más
prometedoras no se ubican en intervenciones aisladas, sino en procesos sostenidos
de mejora escolar que incluyan autoevaluación institucional, participación de familias
y estudiantes, formación docente situada, acompañamiento directivo y sistemas de
información capaces de monitorear inclusión sin estigmatizar (Ainscow, 2020; Booth
& Ainscow, 2011).
Desde una perspectiva metodológica, el carácter exploratorio de la revisión
bibliográfica permitió ordenar un campo amplio, conceptualmente heterogéneo y
atravesado por evidencia procedente de artículos científicos, libros académicos e
informes internacionales. Sin embargo, esta misma amplitud constituye una limitación,
porque una revisión exploratoria no busca estimar efectos causales ni agotar
exhaustivamente toda la literatura disponible, sino identificar patrones, tensiones y
vacíos relevantes para orientar futuras investigaciones. Grant y Booth (2009) señalan
que los distintos tipos de revisión responden a propósitos metodológicos
diferenciados, mientras que Snyder (2019) advierte que las revisiones de literatura
requieren procedimientos explícitos para fortalecer su confiabilidad y evitar síntesis
meramente narrativas. Por ello, los resultados aquí discutidos deberían profundizarse
mediante estudios empíricos comparativos, análisis de políticas nacionales,
investigaciones etnográficas de aula y diseños mixtos que permitan vincular
normativas, recursos, prácticas docentes y trayectorias estudiantiles (Grant & Booth,
2009; Snyder, 2019).
En conjunto, la discusión confirma que fortalecer la inclusión educativa y la atención a
la diversidad en educación básica exige pasar de una inclusión declarativa a una
inclusión verificable en participación, aprendizaje, pertenencia y continuidad escolar.
Los resultados muestran que las barreras normativas, formativas, pedagógicas,
materiales e interseccionales no funcionan de manera independiente: una regulación
ambigua debilita la asignación de recursos; la falta de apoyos limita la práctica
docente; la formación insuficiente reduce la capacidad de flexibilizar el currículo; y la
ausencia de datos desagregados invisibiliza a quienes deberían orientar las políticas
de equidad. La contribución central del análisis radica en mostrar que la diversidad no
es un problema que la escuela deba administrar, sino una condición constitutiva de la
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educación democrática. En consecuencia, la inclusión debe concebirse como una
estrategia sistémica de justicia educativa que articule gobernanza, financiamiento,
formación docente, innovación pedagógica, participación comunitaria y evaluación
permanente de barreras (Ainscow, 2020; UNESCO, 2020).
5. Conclusiones
La inclusión educativa y la atención a la diversidad en educación básica se consolidan
como una exigencia estructural de justicia educativa, no como una intervención
complementaria dirigida a grupos específicos. A partir de la revisión realizada, se
concluye que el principal desafío no reside en la diversidad del estudiantado, sino en
la persistencia de modelos escolares que continúan organizándose bajo criterios de
homogeneidad, normalización y rendimiento uniforme. Por ello, avanzar hacia una
educación básica inclusiva implica transformar las culturas institucionales, las políticas
escolares y las prácticas pedagógicas para garantizar participación, aprendizaje,
permanencia y sentido de pertenencia para todos los estudiantes.
Asimismo, los resultados permiten concluir que existe una brecha significativa entre el
reconocimiento normativo de la inclusión y su concreción en la vida cotidiana de las
escuelas. Aunque los sistemas educativos latinoamericanos han incorporado
progresivamente discursos de equidad, derechos y no discriminación, todavía
persisten marcos regulatorios ambiguos, prácticas segregadoras, apoyos insuficientes
y mecanismos administrativos que trasladan la responsabilidad de la inclusión a
docentes o especialistas de manera aislada. En consecuencia, la inclusión efectiva
requiere una gobernanza educativa más coherente, con financiamiento focalizado,
indicadores verificables, seguimiento institucional y corresponsabilidad entre Estado,
escuela, familia y comunidad.
También se concluye que la formación docente constituye un eje decisivo para reducir
la distancia entre el ideal inclusivo y la práctica pedagógica real. La revisión evidenció
que la atención a la diversidad exige competencias profesionales complejas, entre
ellas la planificación flexible, la evaluación formativa, el diseño de apoyos, la gestión
de aulas heterogéneas, la colaboración interdisciplinaria y la lectura contextual de las
barreras que afectan el aprendizaje. En este sentido, la formación inicial y continua
debe superar enfoques centrados únicamente en diagnósticos o adaptaciones
individuales, para orientarse hacia comunidades profesionales capaces de rediseñar
la enseñanza desde la variabilidad, la equidad y las altas expectativas para todo el
estudiantado.
De igual modo, la revisión permite afirmar que la inclusión educativa no puede
separarse de las condiciones materiales, tecnológicas, organizativas y
socioeconómicas que sostienen la experiencia escolar. La falta de recursos,
infraestructura accesible, tecnologías de apoyo, conectividad, equipos especializados,
datos desagregados y tiempo institucional limita la posibilidad de responder
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pedagógicamente a la diversidad. Por tanto, la inclusión requiere políticas
redistributivas capaces de asignar más apoyo a quienes enfrentan mayores barreras,
evitando que la igualdad formal o el acceso nominal oculten desigualdades profundas
en la participación y en los aprendizajes.
Finalmente, se concluye que una perspectiva interseccional y contextualizada resulta
indispensable para comprender los retos contemporáneos de la educación básica
inclusiva. Las barreras escolares no afectan de manera uniforme, sino que se
intensifican cuando discapacidad, pobreza, ruralidad, lengua, etnicidad, género,
migración y desigualdad territorial se entrecruzan en trayectorias concretas. En
consecuencia, la originalidad y aporte del estudio radican en proponer una lectura
integrada de la inclusión como proceso sistémico, pedagógico e institucional,
orientado a desplazar la lógica compensatoria hacia una transformación sostenida de
la escuela. Las oportunidades más relevantes se ubican en el Diseño Universal para
el Aprendizaje, la pedagogía inclusiva, la evaluación formativa, la colaboración
docente, la participación comunitaria y la construcción de culturas escolares
democráticas que asuman la diversidad como condición constitutiva de la educación.
CONFLICTO DE INTERESES
“Los autores declaran no tener ningún conflicto de intereses”.
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